Ver versión completa : Perdedores
"La vida no me ha dado buenas cartas... o a lo mejor es que no he sabido jugarlas bien", decía el taciturno protagonista de la genial película de los Coen "El hombre que nunca estuvo allí". A los protagonistas de estas historias, la cruel, implacable mano del destino tampoco les ha repartido cartas ganadoras. Mientras que a otros les ha concedido las de la plenitud y la dicha, a ellos ha tenido a bien de arrojarles sólo las de la frustración y el fracaso. Son nuestros perdedores.
VALENTÍN, 31
Otro fin de semana más. Tirado sobre la cama, Valentín intenta hacer un esfuerzo épico por incorporarse. Pero sólo lo intenta. ¿Para qué? Su vida sólo tiene sentido de lunes a viernes en horario de oficina. El resto del tiempo, el vacío. Lo que para sus compañeros y, aparentemente, para el resto del mundo son dos días de disfrute y liberación, para él son cuarenta y ocho horas de condena por ley a una muerte en vida. El vacío. A Valentín le pesa el cuerpo como si fuera de plomo. Incorporarse. ¿Para qué?
Casi sin darse cuenta, Valentín coge su almohada y la estrecha fuertemente contra sus brazos. Pero a él le gustaría que la almohada no fuera de tela, sino de carne, y que pudiera abrazarle también a él, y susurrarle y acariciarle. Pero en la casa de Valentín no hay más que silencio. Está vacía, como todo lo demás.
ENCARNA, 30
Encarna está hoy de buen humor. Es sábado, y no tiene que trabajar. El sol brilla y la brisa entra, silenciosa y cálida, por la ventana de la cocina, insuflando su aire puro. Mientras friega los platos, Encarna piensa en los excitantes planes que le aguardan hoy. Esta tarde, podrá por fin pasar el trapo por los muebles del salón, que últimamente han acumulado mucho polvo y ya va siendo hora de limpiarlos, pero los planes para hacerlo se han visto pospuestos una y otra vez durante la semana por algún imprevisto, como la avería del retrete o la trágica muerte de Pipín, el canario de la famila. Por la noche, podrá ver con mamá esa película que llevan toda la semana anunciando por la tele y que tantas ganas tienen de ver. El agradable arrullo del chorrito de agua que cae del grifo se ve acompañado en su melodioso discurrir por el sonido de la telenovela que mamá está viendo en el salón. Un gran día.
Y de repente, chas. El bajón. Otra vez. Llegan siempre en el momento que una menos se lo espera. El sol le molesta en los ojos, la brisa se ha convertido en un airecillo incómodo y la telenovela de mamá no puede ser más irritante. Ya no tiene ganas de fregar los platos. Pero lo peor de todo es pensar en sus patéticos planes para esta tarde. Ella no quiere limpiar muebles ni quedarse un sábado por la noche en compañía de su madre. Ella quiere salir con otras chicas de treinta años, reírse, bailar y conocer chicos. Pero ésa no es la vida que le ha tocado vivir a ella. A ella le ha tocado quedarse el fin de semana pudriéndose en casa mientras la juventud se le va escurriendo lentamente por el fregadero de su vida.
A través de la ventana de la cocina, puede verse un grupo de chicos y chicas divirtiéndose. Se ríen y conversan animadamente. Se tocan. Encarna desearía que un agujero enorme se abriera en el suelo y la tragara para siempre.
Jugurta
09-jun-2003, 18:32
espero..... nervioso...... ¿se encontrarán nuestros amigos?......
perdedores ¿por qué?..... ¿todo ha de ser bueno en la vida?
..... no son los malos momentos los que justifican los buenos..... o intensifican su dulzor....
¿Continuará?
Mensaje original de Jugurta
espero..... nervioso...... ¿se encontrarán nuestros amigos?......
perdedores ¿por qué?..... ¿todo ha de ser bueno en la vida?
..... no son los malos momentos los que justifican los buenos..... o intensifican su dulzor....
¿Continuará?
Pues sí, Jugurta, continuará... a lo largo de un total de 20 entregas. El problema de Valentín y Encarna no es que que estén pasando por un mal momento, sino que toda su vida es un mal momento.Espero tu fidelidad.
ALFONSO, 42
¡Si sus compañeros del despacho le vieran!
Alfonso baila desgarbadamente en la discoteca, mientras pasea su mirada por entre el ganado humano que la abarrota. El local está lleno de chicos enormes, de graníticas musculaturas y ajustadísimas camisetas, como a él le gustan. Los hay de todo tipo: con rastas y piercings o sin ellos, blancos y negros, machotes y "locas"; todos ellos sacudiendo sus cuerpos bajo el impulso de la música "dance". Pero Alfonso, un tipo de mediana edad rellenito y más bien calvo, seguramente tendrá que conformarse con algún muchacho más discreto, seguramente algún otro que, como él , no encuentre nadie mejor con quien comerse las bocas. Eso si consigue triunfar esta noche, porque la mayoría de las veces ha terminado volviéndose a casa con el rabo entre las piernas. Y en cuanto el sol aparezca de nuevo por el horizonte mañana por la mañana, volverá a hacer la misma vida de siempre, oculto en su armario. Si sus compañeros del despacho le vieran...
Valentín, 31
INCAPACIDAD SOCIAL EN GRADO MÁXIMO
Es la hora de la comida en la oficina. Valentín come en la misma mesa que sus compañeros de departamento. Todos ellos más o menos de su edad, todos ellos más o menos de su mismo nivel de formación. Come en la misma mesa que ellos, pero no con ellos. Valentín es muy retraído, y las relaciones con el resto de la humanidad son lo más cercano a una tortura que él pueda imaginar. Compartir un rato con cualquier grupo de personas significa para él una búsqueda desesperada de algo que decir sin lograr encontrarlo jamás. Y, cuando lo encuentra, raramente consigue reunir el valor para irrumpir en la conversación con las palabras por las que tan denodadamente ha luchado contra su timidez.
Como dificultad adicional, tampoco es que Valentín tenga gran cosa que compartir con sus compañeros. Las conversaciones de éstos giran en torno a vivencias nocturnas, situaciones de pareja e inolvidables viajes en grupo a Torremolinos, entre otras experiencias que él no ha conocido jamás. Hablan de casas alquiladas, fiestas, risas, besos; salpicando sus diálogos con bromas que a Valentín siempre le han parecido demasiado inocuas. Intercambian impresiones sobre conjuntos musicales y programas de televisión que no le interesan. Su vida no tiene nada que ver con la de ellos. Ni con la de ellos ni con la de nadie.
Todas las mañanas, antes de la hora de comer, Valentín aguarda que ésta llegue con la esperanza de que surja algún atisbo de afinidad que aporte un tenue rayo de luz sobre su vida. Todas las tardes, después de la hora de comer, Valentín vuelve a su mesa con la insoportable certeza de que nada ha cambiado, y que su vida seguirá siendo tal como hoy hasta el mismísimo día de su muerte.
Encarna, 30
LAPIDACIÓN EN LA PARADA DEL AUTOBÚS
Desde varios centímetros por encima del suelo que le dan un aire de superioridad y protegida tras su parapeto de cristal, la chica del anuncio de ropa interior de la parada del autobús exhibe su abrumadora belleza con prepotencia. Su sonrisa y la cálida luz que la envuelve le confieren un aspecto tierno y amable, pero Encarna sabe que tras esa mirada dulce se oculta un feroz afán por destruir los sueños de las chicas a las que, como ella, los atributos de esta diosa de la belleza les han sido negados.
Los cientos de carteles como éste diseminados a lo largo de toda la ciudad parecen querer perseguirla sin tregua, recordándole que ella nunca tendrá ni el cuerpo, ni la cara, ni la elegante femeneidad de estos modernos bustos con cruzado mágico. No importa donde corra, allá los tendrá detrás de ella, increpándola con saña por lo anodino de su físico y lo tosco de su pose.
Encarna intenta apartar su mirada de la imagen, pero no puede. En la parte inferior, bajo la marca del producto anunciado, un cruel eslogan reza: "Nosotras somos así". Encarna siente un doloroso pinchazo en el estómago cada vez que lo lee, y se pregunta qué habrá hecho ella para ser excluida de ese "nosotras". Parece como si de un momento a otro el cartel fuera a derrumbarse sobre ella y con un golpe admonitorio la dejara clavada en el asiento de la parada de autobús. "Por fea", le dirá después. "Nosotras somos así".
Yojimbo
12-jun-2003, 13:59
Hola Álex,
Gracias por amenizar mi estancia en la oficina.
Sólo una pregunta... ¿Son realmente perdedores? ¿Han jugado sus cartas en la vida ó sencillamente, al verlas, desistieron de jugar la partida? (Si es el último caso, ¿son perdedores o más bien "cobardes"?).
Un saludo.
Jugurta
13-jun-2003, 01:29
Decía Miguel Hernández.... "tanto dolor habita en mi costado, que , por doler, me duele hasta el aliento...
Creo que era en las "Coplas por la muerte de Ramón Sijé".....
La verdad es que estoy empezando a hacerme adicto a estos "retratos" de seres doloridos...... y al mismo tiempo me da un poco de miedo no poder soportar tantas formas de sufrimiento que el ser humano ha sido capaz de imaginar.....( aunque como siempre, la realidad supera a la ficción).....
Adelante, Alex.... de momento te seguimos.......
Mensaje original de Yojimbo
Hola Álex,
Gracias por amenizar mi estancia en la oficina.
Sólo una pregunta... ¿Son realmente perdedores? ¿Han jugado sus cartas en la vida ó sencillamente, al verlas, desistieron de jugar la partida? (Si es el último caso, ¿son perdedores o más bien "cobardes"?).
Un saludo.
Es cierto que estos personajes parecen no luchar contra las condiciones adversas que rodean sus vidas, pero no te precipites al juzgarlos: puede que en algún momento lo hagan...
JORGE, 15
En su tierna infancia, Jorge imaginaba cómo iría discurriendo su vida en los años posteriores: llegada la adolescencia, ligaría con chicas y viviría emocionantes aventuras junto a sus bronceados amigos bajo un incesante acompañamiento de risas enlatadas, como los protagonistas de "Salvados por la campana". Ya como joven adulto, emprendería excitantes retos y encontraría el romance de su vida, como en las películas. Y, por último, se casaría y dedicaría el resto de sus días a su fabuloso trabajo de taxista para dar de comer a su mujer y sus hijos, como su padre. Así le ocurría a todo el mundo y así ocurría en la tele. Por tanto, así le debía ocurrir también a él. Era ley de vida, una ley inviolable. Todas las personas recorrían el mismo trayecto vital, ése era el destino para cualquier hombre.
Mañana, Jorge cumple dieciséis años. De camino a casa después de una partida de rol con sus amigos, por una larga y solitaria calle de su barrio, una extraña e incómoda molestia en un costado del alma está suscitando reflexiones hasta ahora inéditas en él que le acompañan en su caminar. Hace un rápido vuelo sobre lo que han sido los dos últimos años de su vida y ve que algo no encaja. No está viviendo emocionantes aventuras. No ha ligado con ninguna chica, y no parece haber perspectiva de que ocurra ninguna de las dos cosas a medio plazo. Las predicciones para largo plazo ya resultan, desde su aún distante posición de principiante en el viaje de la vida, algo más difusas. En lugar de todas esas imprescindibles experiencias tiene un montón de granos en la cara y una interminable sucesión de tardes jugando partidas de rol y viendo películas gore con sus grasientos amigos, una gente que tiene por forma de diversión predilecta el celebrar con alborozo el momento de tirarse un pedo.
Y lo peor es que cuanto más piensa en ello más comienza a calar en él, por algún motivo que no acierta muy bien a definir, la idea de que esta rara picazón existencial le acompañará durante mucho tiempo, que esta molesta especie de huequecillo en el corazón podría seguir reconcomiéndole tal vez incluso para el resto de su vida...
Valentín ,31
LUBRICIDADES BAJO TIERRA
A 14 de Junio de 2003, entre las estaciones de Sol y Lavapiés del Metro de Madrid, Valentín acaba de tener la experiencia sexual más intensa de su vida. Ha ocurrido a eso de las siete de la tarde, cuando volvía a casa del trabajo. Con el vagón a rebosar de pasajeros, en plena hora punta, de entre la masa humana confusa y homogénea de personas que le rodeaba... surgió ella. Rubia. Voluptuosa. Carnal. Escotada. Ceñidísima. La marea humana la empuja a un lado y a otro hasta que un capricho del destino, por una vez benigno, hace que su metro setenta y cinco de gloriosa anatomía vaya a parar justo enfrente de Valentín. Pegada a él. Entre Sol y Lavapiés, justo un minuto; lo más cerca que Valentín ha tenido a una mujer en su vida. Al llegar a Lavapiés, ella sale del vagón y deja a un sudoroso y alterado Valentín de nuevo solo entre la muchedumbre, ahora invisible y casi inexistente para él. La anhelante turgencia que sobresale bajo su pantalón parece cobrar vida propia y amenaza con hacer saltar por los aires la cremallera. Cuando su trayecto termine, Valentín correrá hacia casa, subirá las escaleras, abrirá la puerta, se arrojará sobre la cama y se masturbará compulsivamente,furiosamente, desesperadamente.
Valentín se deja arrastrar por todos estos pensamientos, mientras el vagón se adentra en un nuevo túnel que le va engullendo lentamente....
Jugurta
15-jun-2003, 01:34
Cuando los lleven al cine.... tengo un trocito de banda sonora en castellano que les viene como anillo al dedo.....
Es una canción de L.E. Aute pero interpretada por Silvio Rodríguez, se titula "Dentro" y más o menos refleja una masturbación.....
Dice en el estribillo : Dentro....., me quemo por tí, me vierto sin tí... y nace un muerto....
Y en uno de los versos : mi mano ahuyentó soledades.... tomando tu forma perfecta.... la piel que te hice en el aire....
recibe un olor de semillas... ( o algo así..)
Esto se pone interesante.... ( ¿veinte entregas dices?)
Encarna, 30
NOVIAS RADIANTES, FLAGELO DIARIO
Hoy es lunes, y toca regresar al trabajo. Encarna trabaja desde los dieciocho, edad en que terminó el Bachillerato, en la tienda de vestidos de novia propiedad de su madre, viendo desfilar ante sus ojos, un día tras otro, la felicidad de decenas de chicas casaderas. A los veinte años, Encarna asumía con resignación y no sin cierto orgullo el deber de contribuir a sacar adelante el negocio familiar. A los veinticinco, la dura constatación de su soledad a la que le enfrentaba cada mañana este trabajo ya había comenzado a minar su moral. A los treinta, ya no puede soportar ver cómo la mayoría de las clientas que entran por la puerta tienen menos edad que ella.
Sólo su fuerte sentido del deber y del respeto se interponen entre ella y su deseo de expresarle a su madre el deseo, cada día mayor, que siente de abandonar esa tienda para siempre. Abandonarla y dedicarse a cualquier otra cosa, en algún lugar en el que por fin pueda entrar en contacto con otras personas aparte de sus padres, único círculo social alrededor del cual gira hoy toda su vida. De la tienda a casa, de casa a la tienda día tras día, mes tras mes, año tras año. Cada noche, Encarna se promete que algún día reunirá valor para decírselo a su madre. Algún día...
Te felicito, Alex, esta historia, perdedores, es de las pocas cosas interesantes que se puede leer ultimamente en Forolibre!
seguiré atenta las próximas entregas...
Un saludo
Mensaje original de Dante
Te felicito, Alex, esta historia, perdedores, es de las pocas cosas interesantes que se puede leer ultimamente en Forolibre!
seguiré atenta las próximas entregas...
Un saludo
Muchas gracias, Dante. Vuestros comentarios -sean aprobatorios o no- me animan a seguir publicando estas historias, ya que para mí significan que hay eso que en comunicación se llama "feedback".
Un saludo.
VENIDA A MENOS, 49
Como un títere entre la multitud, el alcohol, la música y las personas que abarrotan la discoteca la llevan de un lado para otro, sin que su propia voluntad intervenga para nada. En otros tiempos, fue hermosa y envidiada. Hoy es un grotesco y triste espectro de lo que fue. Eran tiempos de noches salvajes, fiestas desenfrenadas de alcohol, sexo y coca; excesos interminables sin interrupción que hoy desde el confuso recuerdo se disuelven en una turbia nebulosa. Pero todo aquello terminó. Hoy sólo quedan el top y los pantalones ajustados que lleva puestos ahora mismo y que, junto con la música setentona del local, constituyen los dos únicos restos del pasado a los que puede aferrarse para poder seguir sintiéndosa viva. ¡Ah! Y el alcohol, claro; litros sin fin, una necesidad perentoria para olvidar lo que ha sido y lo que es.
La multitud que la zarandea la deja finalmente en los brazos de un viejo rijoso con el que baila abrazada durante cinco minutos, tiempo suficiente para que él pueda palpar con babeante voluptuosidad cada milímetro de la geografía de su cuerpo mientras le da besos en el cuello. La canción termina. Ya ha sido suficiente. Es hora de volver a fundirse con la muchedumbre.
Valentín ,31
MOMENTOS DE INEXISTENCIA FRENTE AL TELEVISOR
Los chicos del anuncio de la tele bailan y bailan sin parar. Su vida parece, tal y como nos la muestran, un ininterrumpido baile iluminado por el resplandor de una sonrisa también permanente. Llevan rastas, gafas de sol de cristales tintados, piercings y camisetas ajustadas. Son jóvenes, dinámicos y están llenos de fuerza y de vida.
Otro anuncio muestra a unos casitreintañeros reunidos en la casa de alguno de ellos. Están muy animados y no dejan de reírse y bromear, aparentemente porque están comiendo snacks de una cierta marca comercial. No llevan rastas ni camisetas ajustadas, pero también son atractivos, y en sus vidas no parecen tampoco existir los problemas, las dudas ni las insatisfacciones, porque llevan una existencia dedicada plenamente al hedonismo y a lo lúdico.
En otra cadena, un reportaje nos informa acerca de la última encuesta sobre cómo es la vida sentimental y sexual de los españoles. Pérdida de la virginidad a los 16. Primera pareja estable a los 19. Primer matrimonio a los 27. Dos coitos y medio a la semana. Cuernos a mansalva, media España cornuda.
Valentín no se parece a los chicos del primer anuncio. Tampoco a los de segundo. Y su vida no tiene, definitivamente, nada que ver con la de los sujetos elegidos para representar al español medio vía encuesta. ¿Quién es entonces Valentín? ¿O qué? Si no pertenece al grupo de los bailarines con rastas ni al de la convencional pandilla de amigos a punto de ser disgregada por la inminencia de una sucesión de bodas en cadena, entonces, ¿dónde está él? ¿Qué clase de persona es, si no aparece representado en las encuestas y los anuncios no quieren dirigirse a él? Es más, ¿es Valentín una persona?
Tal vez no. Tal vez él sólo sea los escombros de lo que los demás consideran un hombre. Y le han permitido el privilegio de malvivir junto a las otras personas, aunque nadie quiera mirarle a los ojos ni tan siquiera saber que existe, porque él es la necesaria, pero indeseable otra cara de los chicos del anuncio. La cara del fracaso.
Encarna, 30
INÉS
Encarna tiene una amiga. Se llama Inés, y la conoció hace dos años durante un cursillo de costura. Esta afición que ambas compartían dio pie a que pronto congeniaran y, poco a poco, los desencantos comunes de sus vidas fueron deslizándose entre las conversaciones hasta que, ahondando en estas íntimas frustraciones, terminó germinando una pequeña amistad.
Inés no estaba teniendo mucha suerte en sus veinticinco primaverales años de vida. Ella era una muchacha hermosa, con un rostro agradable y una bonita figura. Era, además, una persona desprovista de maldad y suave en el trato. Sólo tenía un problema. Sólo existía una miserable razón para que no encontrara en las demás personas la misma atención ni el mismo cariño que otras chicas de la misma edad y características físicas y humanas sí encontraban: una enfermedad en los huesos le impedía moverse con la misma agilidad y vocalizar con la misma corrección que los demás. Eso era todo. Ahí comenzaban y terminaban los motivos de su arrinconamiento, y con ellos los de su desgracia.
Hoy Encarna e Inés saldrán a dar un paseo. Harán alguna compra. Charlarán sobre lo poco que sus vidas den para una charla. Y así, durante una tarde, aliviarán mutuamente sus heridas.
ANTONIO, 56
A las doce cierran el bar y a Antonio no le quedará más remedio que volver a casa, a su casa, a la que nada debe y donde nada se le ha perdido. En el bar, por lo menos, tiene la botella de vino, y entre trago y trago el tiempo pasa sin que pueda pararse a pensar que el día de mañana será exactamente igual que el de hoy, que el de ayer y que todos los demás, pasados, presentes o futuros. Después de ocho horas cargando escombros en la obra, entrará en el bar de Pepe para cenar y finalizar el día con una catarsis vinícola antes de irse a dormir para poder repetir el ciclo al día siguiente una vez más.
No está solo en sus aventuras nocturnas. Otros perdedores como él se dan cita en el mismo bar, a la misma hora y más o menos con la misma frecuencia. Sus intereses, similares. Sus vidas, las mismas. Así que constituyen algo similar a un grupo de amigos, aunque realmente se odien entre ellos de mala manera. Ahí están Pedro "El Pirulí", un tipo esmirriado, con unas enormes gafas marrones y un bigotín, rasgos todos acompañados por una grimosa vocecilla aguda y débil como un timbre viejo en los estertores de su vida útil, una voz que sólo le sirve para decir incoherencias que ninguno de sus compañeros de emociones escucha; el robusto Paco, con su chaqueta de cuero negro y facciones brutales que dan forma a una cara roja y bronca, aún más roja cada vez que tiene uno de sus habituales y violentos prontos; Juan, el más borracho de todos, repitiendo una y otra vez "me cago en mi puta vida", la brillante frase que le lanzó al estrellato dentro del grupo; y un viejo que nadie sabe cómo se llama y que lo único que hace es asentir y reírse estúpidamente todo el rato.
Ésta es la ingrata compañía nocturna de Antonio, en este patético paisaje humano es donde se encuentra toda su vida de sociedad. Un grupo en el que reinan los comentarios irónicos y las puñaladas más que las palmadas en la espalda y los gestos de amistad; las miradas de reojo más que la confianza fraternal. Un grupo unido, en definitiva, por la coinciencia geográfica y horaria más que por otra cosa. Hoy "El Pirulí" se ha caído del taburete mientras cantaba una copla y todos se han reído de él. Ha merecido la pena venir. Ya veremos mañana.
Valentín ,31
UN PUENTE EN UNA NOCHE OSCURA
No sabe muy bien cómo ha llegado hasta ahí, pero ahí está. De pie sobre el puente, mirando al vacío, al escaso vacío de no más de cien metros que se hunde bajo sus pies. Son las diez de la noche, y en la calle hace frío. Cree recordar que salió de casa hace una media hora, no sabe muy bien para qué, y se puso a andar tampoco sabe muy bien hacia dónde. No había ninguna intención ni deseo en su cabeza, tan sólo el sentimiento de desesperación y hartazgo, y el impulso de poner fin a un dolor que ya se sentía incapaz de soportar ni un minuto más.
Y ahora está aquí, sobre el puente. La única decisión que queda por tomar es la de saltar o no. El abismo no es el que se abre bajo sus pies, sino el que está a punto de dejar atrás. El infierno cotidiano de soledad y desafecto al que ha permanecido atado cada día de su vida desde que concluyeron los juegos de infancia y comenzó a abrirse la herida que hoy sangra ya incontroladamente, fatídicamente. Y ante él, la liberación. El vacío redentor al que está a punto de entregarse para calmar de una vez por todas las convulsiones de un alma incapaz de sufrir ya más.
Saltar o no. Si no lo hace, mañana por la mañana le espera de nuevo el abismo eterno. Si lo hace, el tormento cesará, pero Valentín nunca sabrá si la vida, realmente, le tenía reservada una oportunidad. La oportunidad. Las ideas fatalistas de Valentín se detienen por un momento. ¿Y si esa oportunidad está ya ahí, y si no es futura e hipotética, sino presente y palpable... aunque oculta? La cabeza de Valentín comienza a bullir, y de entre el caótico hervidero de ideas se va abriendo paso una luz que lucha con fuerza contra las tinieblas de la vida. La oportunidad. Hay que ponerse a buscarla. Aún es posible cambiarlo todo.
Valentín sabe que debe buscar ese cambio. Hay que tomar alguna decisión, no sabe muy bien cuál. Sólo sabe que el primer paso consiste en darse la vuelta y echar a correr lejos, lo más lejos posible de ese macabro puente...
Valentín ,31
LA GRIETA DE LA DESDICHA
Encarna andaba estos días como sobresaltada. Por algún motivo, un presentimiento indefinible se le había metido en el cuerpo, y se pasaba las horas atemorizada, a la espera de algo horrible que debía de estar a punto de suceder. La vida de Encarna era ya desde hace años algo precario, parecía caminar sobre un fino hilito colgando unos metros por encima de un agujero negro. Ese algo que amenazaba con suceder inminentemente podía romper el hilo y ella caería y quedaría atrapada en el agujero para siempre.
Hoy, eso ha sucedido. Sus temores han tomado forma. Esta mañana se ha levantado de la cama, ha caminado hacia el lavabo y allí, delante del espejo, lo ha visto. Ahí estaba. Se ha mirado varias veces para cercionarse de que sus más negros temores no eran pura imaginación, pero ya no cabe ninguna duda. El día del Apocalipsis ha llegado: le acaba de salir la primera arruga.
CARLOS, 35
¡Falsos! ¡Hipócritas! ¡Cínicos! A pesar de su juventud, Carlos ya no tiene ninguna duda de haber alcanzado la iluminación que sólo alcanzan aquellos que descubren las verdades de la vida. ¿Y cuál es la verdad que él ha descubierto? La de que la vida es una mentira, una mentira cuidadosa y maquiavélicamente orquestada por quienes ahora sabe que son sus enemigos: la especie humana en su totalidad.
¡Qué feliz era él cuando todavía no había hecho el traumático descubrimiento y vivía acomodado en su plácida inocencia! Por aquel entonces, estaba rodeado de personas que parecían quererle y admirarle. En la pandilla de amigos, él era el referente indiscutible, el componente del grupo que nunca podía faltar, porque sin su presencia el grupo parecía estar incompleto y la diversión, menos efervescente. En el trabajo, él era la admiración de sus compañeros y el ojito derecho del jefe; el trabajador más cualificado y carismático de su departamento. Y entre las mujeres... ¿Qué decir que no hayáis imaginado ya con semejante perfil? Carlos era un Casanova, un tipo con gancho, un seductor envidiado por todos los amigos, compañeros y jefe ya citados.
Y entonces, el desastre. Su perdición. Ocurrió casi de la noche a la mañana, y aunque en principo Carlos pensó que eran cosas de la edad que había que aceptar con calma y normalidad, un día abrió los ojos y se encontró con que su dignidad se le había escapado de la azotea. El otoño había llegado a su cabeza, dejándola tan reluciente como una bola de billar.
A partir de ahí, la caída por el precipicio fue imparable. Primero fueron las risitas a sus espaldas, cada vez peor disimuladas. Luego, las mofas ya a viva voz. Y finalmente, el desenmascaramiento: los amigos comenzaron a dejar de llamarle para las salidas. El jefe le sustituyó como confidente por su mejor amigo en la empresa. Y las mujeres respondían con irónico desdén a sus acercamientos.
Dos años después de su fuga capilar, a Carlos se le ha amargado el carácter. Pasea hosco y taciturno por los pasillos del trabajo y por los parques del barrio, escenarios que antes le agasajaban y ahora le ignoran como si él fuera uno más de esos perdedores que caminan anónimos entre el gentío, arrastrando consigo las cuitas de una vida mediocre condenada al fracaso. Pero él sabe que no lo es, que sigue siendo el triunfador que antes era, aunque ahora el astro solar se obstine en convertir su cráneo en espejo. Y sabe que algun día hará algo grande, algo que le devolverá su estatus de antaño y hará que los miserables hipócritas que han echado por tierra su vida se traguen todas sus bromas, sus motes, su indiferencia. Y tendrán que volver a quererle de nuevo. Esa será su venganza, sí... ¡Cerdos! ¡Imbéciles!
Valentín ,31
EL VÍNCULO (I)
SOLITARIO (31): HARTO DE ESTAR SOLO, NECESITO DAR UN GIRO A MI VIDA. BUSCO CHICA DE ENTRE 25 Y 35 AÑOS PARA AMISTAD Y POSIBLE RELACIÓN ESTABLE.
Sí. Parece que éste ya está bien. Éste será el anuncio, ésta será la carta a la que Valentín se lo jugará todo. El último cartucho de su vida. Tal vez no sirva de nada, pero no puede despedirse definitivamente de todo sin al menos haberlo intententado. Otras alternativas no hay. Es hacerlo o no, y la decisión ya está tomada:
Enter
Encarna, 30
EL VÍNCULO (II)
SOLITARIO (31): HARTO DE ESTAR SOLO, NECESITO DAR UN GIRO A MI VIDA. BUSCO CHICA DE ENTRE 25 Y 35 AÑOS PARA AMISTAD Y POSIBLE RELACIÓN ESTABLE.
De alguna manera, no está muy segura de cómo, Encarna ha acabado en esta página para solteros. No es que ella tuviera intención de llegar aquí desde un principio, claro... Ella sólo estaba revisando su correo -vacío, como de costumbre- y de repente vio ese colorista anuncio en el que unos chicos guapísimos la invitaban a que entrara a su página a conocerlos. A pesar de que la apatía se había asentado en ella esa tarde, Encarna hizo click. Por curiosidad, nada más... Y así, navegando, dejándose arrastrar por las corrientes del mar de la Red con dejadez, había llegado hasta este anuncio.
"Dar un giro a mi vida". En eso coincide con Solitario (31). Y tal vez en más cosas... No, no. Debe alejar esas tontas ideas que comienzan a asomar por su cabeza, se dice, e intenta ahuyentarlas como quien espanta moscas con la mano. "Chica de entre 25 y 35 años". Pero las ideas-moscas vuelven, como si Encarna tuviera el cuerpo embadurnado de miel. "Amistad y posible relación estable". Y después de agitar la mano varias veces y comprobar que siguen regresando, cada vez más numerosas, cada vez más ruidosas y molestas, decide que sólo hay una forma de alejarlas definitivamente.
Sin pensárselo dos veces, Encarna se lanza sobre el teclado. Sus dedos actúan con vida propia: "Hola, Solitario (31) ..."
Valentín y Encarna
EL COMIENZO DE UNA HISTORIA DE AMOR
-Hola... ¿Eres...?
-Valentín. ¿Y tú... Encarna?
-Sí...
-Ah...
-...
-Bueno...
-Sí... bueno...
Valentín y Encarna
AMORES DISLÉXICOS
"Valentín... ¿tú me quieres?". "Hombre... pues sí". Un año después de conocerse, éstas son las palabras de amor más románticas que Encarna ha conseguido sacarle a su novio. La verdad es que ella tampoco es demasiado cálida en sus muestras de afecto. De hecho, no sabe si alguna vez durante su relación han salido de su boca esas mismas palabras que ahora estaba intentando conseguir de él.
Valentín y Encarna no están muy seguros de si se quieren. Sólo saben que se conforman. Se conforman con lo que tienen, que es más de lo que podían soñar antes de conocerse -bueno, la verdad es que soñaban con algo más, pero la vida no parecía darles señales de que pudieran optar a ello-. Y lo que tienen es este amor disléxico, este romance nacido de la convergencia de dos torpezas emocionales. Cuando se miran el uno al otro es como si se estuvieran mirando en un espejo. Cada uno de los fantasmas que les han perseguido a lo largo de todos estos años parecen encarnarse en la persona que tienen enfrente: el complejo de inferioridad, el desprecio hacia uno mismo, la sensación de fracaso. Pero esto es lo que hay, esto es lo que les ha tocado en el juego del destino.
En su relación no ha habido grandes momentos de amor, profundos abrazos para el recuerdo, besos sin fin o volcánicas escenas de pasión sobre la hierba. Lo único que hay es la certeza de que no estarán solos mientras permanezcan juntos, que no tendrán que afrontar la aterradora perspectiva de permanecer el resto de sus existencias sepultados en la muerte en vida de la soledad. Su amor no es una isla de calor y luz, sino un refugio contra el miedo.
Valentín y Encarna
CAMINOS INCIERTOS
Valentín caminaba sin rumbo entre las tinieblas de la vida. Encarna sentía que su existencia era como una caída interminable hacia las profundidades de un pozo sin fondo. Un día, se encontraron. No se amaban con locura, pero se fueron acostumbrando el uno a la presencia del otro, poco a poco, hasta que llegó el día en que ya no podían -ni querían- imaginar cómo serían sus vidas sin ella. Ahora caminan juntos. Los dos tienen ya más de treinta años, y prefieren hacerlo mirando al suelo, no vaya a ser que descubran qué es lo que les espera conforme se vayan acercando al final del trayecto. Sea lo que sea, al menos lo soportarán juntos.
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FIN
Aquí finaliza la serie de relatos "Perdedores", que he ido publicando durante los últimos veinte días. En ella he intentado tratar el tema de la soledad vista desde múltiples perspectivas:la de dos jóvenes treintañeros, la de un homosexual cercano a eso que se ha dado en llamar la "mediana edad", la de una chica con taras físicas... Me parecen temas interesantes que, si queréis, podemos tratar a partir de ahora, ya que la serie ha terminado. También podemos hablar sobre cualquier otro aspecto relacionado con los relatos que os apetezca comentarme.
Estos relatos fueron escritos durante el mes de abril, y tenía previsto comenzar a publicarlos a finales de ese mismo mes, pero entones sobrevino el "apagón" del foro y lo tuve que posponer hasta que vi que los problemas se habían solucionado de forma definitiva -o eso esperamos todos-.
No sé exactamente cuántos lectores fijos o, por lo menos, asiduos he tenido, pero me consta que habéis sido al menos dos o tres, cifra suficiente como para no sentir que he estado perdiendo el tiempo al escribir los relatos. A todos vosotros, y también a los lectores más ocasionales, GRACIAS.
Santiago
27-jun-2003, 03:27
Me gustó mucho tu relato.
Hay un cuento de Benedetti que es genial y se llama "La noche de los feos" y tu relato se le parece un poco.
No es que te diga que has copiado porque tus personajes no son feos, sino que socialmente se sentian excluidos. Ademas como decian en un tema la literatura es recurrente y temas iguales se desarrollan de diferente forma en el tiempo.
Te dejo el enlace para que leas el cuento porque es precioso.
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/benedett/nochede.htm (http://)
Jugurta
27-jun-2003, 18:13
Felicidades........
Me gustó un montón el cuento y además eso de irlo dosificando "por entregas" le daba emoción.........
Yo me he copiado y ahora voy a lanzar un poema a trozos.....a ver si la gente se anima a leerlo poco a poco ( porque es bastante largo)
Sobre el contenido, me parece que los de perdedores habría que ponerlo como un interrogante.... ( creo que ya alguien lo ha cuestionado).... sería algo así como ¿Perdedores?, en letras grandes.....( ¿se puede considerar perdedor al que en la lotería de la vida obtiene un cuarto premio?)
Sobre el número de lectores adictos o asiduos, creo que puedes contarnos si te lo decimos.... ( yo fui uno...)
a numerarse lectores.... es una orden.....
Yojimbo
27-jun-2003, 19:34
Hola a todos...
Y felicidades, Álex, por este cuento "por entregas". Sin embargo ahí va una pequeña crítica (porque como suele ocurrir en estos casos, siempre tiene que haber alguien jodiendo...:rolleyes: ), que es la siguiente: como te dije en el anterior post que escribí en este tema, no estaba seguro de que los personajes fueran perdedores, sino más bien cobardes. Y ahora ya estoy seguro.
A mi modo de ver, el perdedor apuesta una parte importante de sí mismo en, lo que podríamos llamar, el juego de la vida. Y además pierde, lo cual le deja estigmatizado.... Aunque no necesariamente para siempre. Hay ejemplos en la literatura y en la vida real de perdedores que acaban saliendo a flote.
Sin embargo, los personajes principales de esta historia en ningún momento pierden o han perdido nada. Es más, salen ganando al final... Pues la compañía mutua les resulta mucho más soportable que la soledad. Se han rebelado y han salido de su situación anterior, es cierto, pero es que anteriormente no se habían arriesgado a nada, y por tanto, no habían perdido nada. O, lo que es lo mismo, realmente no son perdedores.
Y esta es mi pequeña crítica como lector, que espero te resulte útil.
Un saludo.
Santiago: He intentado acceder al enlace que adjuntas a tu mensaje, pero no ha habido manera. Imagino que esa página ya no existe. La cuestión es que me has dejado con verdadera curiosidad. Me encantaría leer ese relato de título tan sugestivo. ¿No lo tendrás por ahí guardado y podrías "corta-pegarlo" en el foro?
Jugurta: Gracias por tu fidelidad. Y me alegra haberte animado a escribir ese poema; espero que te vaya muy bien con él.
Yojimbo: En fin... tal vez el título sea discutible. En todo caso, jamás lo habría titulado "Cobardes". Valentín y Encarna, al menos, intentan hacer algo para superar su situación. Es cierto que no se juegan gran cosa en ello, pero... ¿acaso crees realmente que podían hacer mucho más?
Santiago
28-jun-2003, 17:30
La noche de los feos
[Cuento. Texto completo]
Mario Benedetti
1
Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Ella tiene un pómulo hundido. Desde los ocho años, cuando le hicieron la operación. Mi asquerosa marca junto a la boca viene de una quemadura feroz, ocurrida a comienzos de mi adolescencia.
Tampoco puede decirse que tengamos ojos tiernos, esa suerte de faros de justificación por los que a veces los horribles consiguen arrimarse a la belleza. No, de ningún modo. Tanto los de ella como los míos son ojos de resentimiento, que sólo reflejan la poca o ninguna resignación con que enfrentamos nuestro infortunio. Quizá eso nos haya unido. Tal vez unido no sea la palabra más apropiada. Me refiero al odio implacable que cada uno de nosotros siente por su propio rostro.
Nos conocimos a la entrada del cine, haciendo cola para ver en la pantalla a dos hermosos cualesquiera. Allí fue donde por primera vez nos examinamos sin simpatía pero con oscura solidaridad; allí fue donde registramos, ya desde la primera ojeada, nuestras respectivas soledades. En la cola todos estaban de a dos, pero además eran auténticas parejas: esposos, novios, amantes, abuelitos, vaya uno a saber. Todos -de la mano o del brazo- tenían a alguien. Sólo ella y yo teníamos las manos sueltas y crispadas.
Nos miramos las respectivas fealdades con detenimiento, con insolencia, sin curiosidad. Recorrí la hendidura de su pómulo con la garantía de desparpajo que me otorgaba mi mejilla encogida. Ella no se sonrojó. Me gustó que fuera dura, que devolviera mi inspección con una ojeada minuciosa a la zona lisa, brillante, sin barba, de mi vieja quemadura.
Por fin entramos. Nos sentamos en filas distintas, pero contiguas. Ella no podía mirarme, pero yo, aun en la penumbra, podía distinguir su nuca de pelos rubios, su oreja fresca bien formada. Era la oreja de su lado normal.
Durante una hora y cuarenta minutos admiramos las respectivas bellezas del rudo héroe y la suave heroína. Por lo menos yo he sido siempre capaz de admirar lo lindo. Mi animadversión la reservo para mi rostro y a veces para Dios. También para el rostro de otros feos, de otros espantajos. Quizá debería sentir piedad, pero no puedo. La verdad es que son algo así como espejos. A veces me pregunto qué suerte habría corrido el mito si Narciso hubiera tenido un pómulo hundido, o el ácido le hubiera quemado la mejilla, o le faltara media nariz, o tuviera una costura en la frente.
La esperé a la salida. Caminé unos metros junto a ella, y luego le hablé. Cuando se detuvo y me miró, tuve la impresión de que vacilaba. La invité a que charláramos un rato en un café o una confitería. De pronto aceptó.
La confitería estaba llena, pero en ese momento se desocupó una mesa. A medida que pasábamos entre la gente, quedaban a nuestras espaldas las señas, los gestos de asombro. Mis antenas están particularmente adiestradas para captar esa curiosidad enfermiza, ese inconsciente sadismo de los que tienen un rostro corriente, milagrosamente simétrico. Pero esta vez ni siquiera era necesaria mi adiestrada intuición, ya que mis oídos alcanzaban para registrar murmullos, tosecitas, falsas carrasperas. Un rostro horrible y aislado tiene evidentemente su interés; pero dos fealdades juntas constituyen en sí mismas un espectáculos mayor, poco menos que coordinado; algo que se debe mirar en compañía, junto a uno (o una) de esos bien parecidos con quienes merece compartirse el mundo.
Nos sentamos, pedimos dos helados, y ella tuvo coraje (eso también me gustó) para sacar del bolso su espejito y arreglarse el pelo. Su lindo pelo.
"¿Qué está pensando?", pregunté.
Ella guardó el espejo y sonrió. El pozo de la mejilla cambió de forma.
"Un lugar común", dijo. "Tal para cual".
Hablamos largamente. A la hora y media hubo que pedir dos cafés para justificar la prolongada permanencia. De pronto me di cuenta de que tanto ella como yo estábamos hablando con una franqueza tan hiriente que amenazaba transpasar la sinceridad y convertirse en un casi equivalente de la hipocresía. Decidí tirarme a fondo.
"Usted se siente excluida del mundo, ¿verdad?"
"Sí", dijo, todavía mirándome.
"Usted admira a los hermosos, a los normales. Usted quisiera tener un rostro tan equilibrado como esa muchachita que está a su derecha, a pesar de que usted es inteligente, y ella, a juzgar por su risa, irremisiblemente estúpida."
"Sí."
Por primera vez no pudo sostener mi mirada.
"Yo también quisiera eso. Pero hay una posibilidad, ¿sabe?, de que usted y yo lleguemos a algo."
"¿Algo cómo qué?"
"Como querernos, caramba. O simplemente congeniar. Llámele como quiera, pero hay una posibilidad."
Ella frunció el ceño. No quería concebir esperanzas.
"Prométame no tomarme como un chiflado."
"Prometo."
"La posibilidad es meternos en la noche. En la noche íntegra. En lo oscuro total. ¿Me entiende?"
"No."
"¡Tiene que entenderme! Lo oscuro total. Donde usted no me vea, donde yo no la vea. Su cuerpo es lindo, ¿no lo sabía?"
Se sonrojó, y la hendidura de la mejilla se volvió súbitamente escarlata.
"Vivo solo, en un apartamento, y queda cerca."
Levantó la cabeza y ahora sí me miró preguntándome, averiguando sobre mí, tratando desesperadamente de llegar a un diagnóstico.
"Vamos", dijo.
2
No sólo apagué la luz sino que además corrí la doble cortina. A mi lado ella respiraba. Y no era una respiración afanosa. No quiso que la ayudara a desvestirse.
Yo no veía nada, nada. Pero igual pude darme cuenta de que ahora estaba inmóvil, a la espera. Estiré cautelosamente una mano, hasta hallar su pecho. Mi tacto me transmitió una versión estimulante, poderosa. Así vi su vientre, su sexo. Sus manos también me vieron.
En ese instante comprendí que debía arrancarme (y arrancarla) de aquella mentira que yo mismo había fabricado. O intentado fabricar. Fue como un relámpago. No éramos eso. No éramos eso.
Tuve que recurrir a todas mis reservas de coraje, pero lo hice. Mi mano ascendió lentamente hasta su rostro, encontró el surco de horror, y empezó una lenta, convincente y convencida caricia. En realidad mis dedos (al principio un poco temblorosos, luego progresivamente serenos) pasaron muchas veces sobre sus lágrimas.
Entonces, cuando yo menos lo esperaba, su mano también llegó a mi cara, y pasó y repasó el costurón y el pellejo liso, esa isla sin barba de mi marca siniestra.
Lloramos hasta el alba. Desgraciados, felices. Luego me levanté y descorrí la cortina doble.
Jugurta
28-jun-2003, 18:57
Pues si, el maestro Benedetti escribió un bonito cuento.....
gracias a sr. Santiago por su sensibilidad al recordarlo y por su amabilidad al compartirlo con nosotros....
Muy bien, Alex!
Aunque pienso como Yojimbo, que los perdedores son más bien los que se estrellan una y otra vez en la lucha; no como tus personajes, desolados conformistas, espectadores de la vida; tampoco le cambiaría el título al relato.
Hay algo que todos perdemos cuando crecemos y alcanzamos la conciencia de que nunca seremos como nos imaginabamos, que el tiempo sigue pasando y no hacemos nada para lograrlo, que hay sitios donde nunca iremos y cosas que nunca haremos. Es esa desazón de sabernos infieles al niño que fuimos, a los sueños que alguna vez pensamos irrenunciables...
Santiago, gracias por traernos el cuento de Benedetti, me encanta! Aunque me gusta especialmente como poeta, hay una novela de este autor "Primavera con una esquina rota", que me gustaría recomendaros.
Un saludo
Santiago, me ha encantado el relato; muchas gracias. Aún no he leído nada de Benedetti, pero tal vez ahora me anime a leer la novela que Dante (a la que aprovecho para agradecer sus palabras) nos ha recomendado.
Por cierto, sí que es verdad que el mío se le parecía...
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