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Ver versión completa : Revolución o literatura


PPCC1714
10-oct-2004, 23:08
EL LADO FRÍO DE LA ALMOHADA
Autor: Belén Gopegui
Editorial: Anagrama
Páginas: 236
Precio: 15 €
Sinopsis: Philip Hull, un diplomático de EEUU destinado en Madrid, acepta ser el intermediario en un trato con agentes de la Seguridad del Estado de Cuba.

A la literatura que encierra dentro, como algunos bombones, una almendra política hay que hincarle el diente con precaución si no queremos recibir gato doctrinal por liebre novelística. Las bodas entre la política y la ficción han tenido una progenie fea que, de ordinario, ni ha servido al objetivo ideológico del autor ni ha alcanzado la condición de cabal literatura. Doctrina y novela congenian mal porque mientras la primera presupone una verdad superior e incuestionable, la segunda se mueve entre una multitud de verdades menores y revocables, que son las nuestras.
Viene esto a cuento porque Belén Gopegui (Madrid, 1963), que desde La escala de los mapas (1992) había manifestado su interés por escudriñar las fisuras del individualismo burgués, se ha ido aproximando, desde La conquista del aire (1998), al territorio pantanoso de la escritura con lastre político para meterse de lleno en él con El lado frío de la almohada. Escrita con la corrección habitual en esta autora, la novela sitúa en el eje de su trama al régimen comunista de Fidel Castro, su acoso y posibilidad de supervivencia, que es a la vez la de una izquierda nostálgica de la realización de la utopía colectivista. La trama adopta el esquema y las maneras (aquí confusas) de la novela de espías (con Graham Greene y John Le Carré al fondo) y envuelve una historia de amor entre la joven agente cubana Laura Bahía y el provecto agregado de la embajada norteamericana en Madrid, Philip Hull, enfrentados por sus respectivas misiones en una operación secreta.
Lo menos interesante de la novela es su mensaje político, la pretensión de reflexionar sobre la culpa de una izquierda que ha hecho dejación de auxilio a la única revolución socialista que sigue en marcha. La imagen que se ofrece de la Revolución cubana está perlada de un rocío a la vez ingenuo y melancólico, como si las conquistas indudables en materia de educación y sanidad paliaran por sí mismas la pérdida de las libertades públicas y la degradación general de la vida ciudadana, fomentada ésta por el bloqueo económico y el turismo depredador.
Pero si la novela se sostiene como tal no es por su molesto murmullo político sino por sus componentes estrictamente literarios: la arquitectura de su relato y el tratamiento doble del tema de la felonía en el personaje de Hull, traicionado como amigo y traidor como amante (ojo también a la absolución del traidor en aras de la causa política). La argucia estructural que organiza la novela remite a lo que se ha llamado texto autogenerativo: Mateo Orellán, escritor español en excedencia, recibe el encargo, tras la muerte de Laura Bahía, de fabricar una novela sobre los hechos y es esa novela, fraguada en la imaginación de Orellán, la que leemos, salpicada con las cartas que la cubana dejó a su muerte. Una muerte que se convierte en inmolación a mayor gloria de la Cuba castrista. Ya se sabe: revolución o muerte.